
Cortesía Iván Buenader
Hacia atrás las cabezas hunden el cuerpo;
a la velocidad de la luz en los abismos
zambullen sus carcajadas
y florecen de nuevo desde el origen.
Entre asteroides, otra vez carcajean, entre miles de estrellas.
Delfines siderales pasean la eternidad,
el eco de sus voces femeninas
ablandan los confines.
para Máximo González e Iván Buenader
Surfear en el aire; tomar las corrientes del norte, las más cálidas, potentes, rápidas. El peso en el cuerpo, repartido. En una silla invisible acomodado, los brazos timonel marcan el rumbo.
¡La ola, viene la ola! Tobogán el tiempo me expulsa de dimensión: flecha en camino al punto.
a mi familia que está presente
La poesía no hace nada.
Y yo escribo estas páginas sabiéndolo.
Marco Antonio Campos
No sueño que la humanidad despertará al unísono de pronto a la poesía como en un idilio paradisíaco; pero imagino el instante unificado sólo por la metáfora, en el que cada uno de los seres humanos la descubre. Es necesario que todo humano encuentre para sí, una posibilidad particular de vida superior a la humilde e inevitable realidad cotidiana. No hay fin más noble para nuestra vida. Lo que nos distingue a los unos de los otros son las relaciones que tenemos con el infinito.[1]
El trabajo del artista es allanar el camino del ser humano en su viaje a la esencia del Ser, libre de los lastres de la razón. La obra de arte es la respuesta y la duda. Confiere un rango de realidad al misterio y un rango de misterio a la realidad. El artista sabe que para realizar esta labor toma su parte la fe, pero no alcanza; toma su parte la razón pero tampoco alcanza. Sabe que la pureza de los seres está en su núcleo y a salvo de toda nominación: por eso debe poner en juego el alma, para entrar en contacto con los otros seres.
Este acto se realiza en un territorio entre el misterio y la razón y no corresponde al imperio humano o al divino; tal vez al interregno.
En este duelo, donde el artista es el desafiante y el desafiado, no arriesga solamente la vida, arriesga el alma y la razón. Su obra no se origina en el trance alcanzado por la contemplación de la belleza ni en el vértigo experimentado por el sentimiento de la fuerza de lo vivo, sino en la coincidencia de estas dos facciones del instante. En su acción, que es simultáneamente activa y pasiva[1], reconoce la naturaleza de su Ser y su relación con el cosmos.
En el territorio del arte conviven los opuestos, lo definido y lo indefinible. Al penetrar su propio núcleo, el artista realiza su aproximación al Ser: lo desnuda, lo pesa, lo toca, lo disecciona y lo compromete al acoplamiento con los Seres que configuran el universo, incluidos el Ser de Dios y el Ser de la Nada.