martes, octubre 11, 2005

La ilusión Absoluta

De la mixtura entre la arena candente, la geometría primigenia y la mirada de Clarisa Pérez Villalobo, nacen estos poemas. Las Causas del Ciego Esplendor es un libro que se refracta de la superficie terrestre enardecida por la radiación solar; y en la densidad del aire cuajan una a una sus palabras en un esfuerzo supremo por mantener la lucidez en medio de la contemplación de un espejismo y el asombro de atestiguar la belleza de La Ciudad Antigua, la primera. Y conservo—dice Clarisa—, -como quien protege de una pendiente peligrosa un desatino, una palabra de traición- entre dientes, lengua y garganta, en el llano y debajo de la tarde, su mapa.

Atenta al eco de imágenes casi extintas, —veo en los planos la siniestra grafía del tiempo—, una a una las toma al vuelo y las detiene para contenerlas un instante mientras las engarza en un tejido escrupuloso, Entonces— dice más adelante—, el atlas de ceniza clavado en las estacas aparecerá. Sabrá del rumor y de los perros dormidos en la mitad del canto. En su poética, Pérez Villalobo, expresa nociones de La Ciudad formada de antigüedades sucedidas una tras otra o simultáneamente pero en lugares diversos. Así tienen lugar en sus versos Anubis, Tajamar, Ikanderia, Alejandría; pero también Berenice, también Nereidas.

Llenos de claves y de signos, estos versos, demandan atención y memoria, a cambio, La ciudad nos mostrará su cintura para los que quieren recordar su antiguo rostro. Sin esas claves, los versos, aunque conservan su belleza, quedan ocultos en sus más esenciales significados a los oídos desmemoriados o desatentos. Para aquellos que conozcan las cosmogonías aludidas en el libro, su lectura correrá con una melodía sostenida hecha sin embargo de reverberaciones; para los que no, la revelación de cada signo, cada icono, cada símbolo, abrirá las puertas de un mundo fascinante: El mundo de las antiguas culturas del desierto.

En este ambiente, la presencia humana se antoja casi fantasmagórica a la luz de las hogueras entre el olor de los camellos y la visión de los palacios lejanos; y en medio de esa inmensidad, detrás de la arena, es posible escuchar los rezos desde la garganta de bruma de la esfinge.

Al transitar las causas del ciego esplendor, las palabras desprenden una sensación de misterio traído de una memoria recóndita que va desde lo humano hasta lo mineral. Extraída de la profundidad de los reinos sus visiones la poesía surge envuelta en una neblina que recuerda aquella sensación construida en el desierto abierto gracias a la pura estructura laberíntica del pensamiento humano.

La intimidad erótica no queda ajena, en la última parte del libro, la autora escribe: Golpea la noche para que sienta/entrecruza las piernas con las mías/ las piedras de oro están en mi boca/en mi boca los barcos van a partir. Y continua: Te sigo por los brazos y virgen me acomodo. /Llego al fuego hasta el último color.

¿Cómo llegó a comprender Clarisa Pérez Villalobo Las causas del ciego esplendor?, mientras lo leemos, a lo lejos se oye el rumor de ritos y ceremoniales ejecutados perpetuamente, un ritmo que algodona la vigilia, el momento antes de soñar:

Fuimos conjurados a permanecer siempre en la media luz de los sueños.

Raquel Olvera

México, DF; lunes, 10 de octubre de 2005

5 comentarios:

El Enigma dijo...

Clap clap clap clap...

*Dicho en voz baja*

Si, pero en ocasiones podemos oscurecer todo o hacerlo brillar, ya que podemos hacer cualquier cosa en el mundo de los sueños.

Felicidades Raquel.

El Enigma
Nox atra cava circumvolat umbra

Lety dijo...

Sentada sobre el piso, con los oidos abiertos de la niña, los brazos abrazando las rodillas y bebiendo tu voz, así me gustaría escuchar esos poemas mamita.

noemi dijo...

Tu texto realmente invita a la lectura del texto, felicidades.

Dra. Kleine dijo...

Wuo, como siempre yo quedo clavada con palabras que siempre deseo llevarlas aqui, guardaditas en mi mente y corazón!.

Lo-que-serA dijo...

¡Qué maravilla! La presentación y el libro. Dile a Clarisa que me guarde uno. No, mejor dos. Felicidades, querida mía; a ambas.